¿La seguridad de mi conjunto residencial depende de la inseguridad de mis datos personales?

Por: Alejandro Linares Camberos
Gerente Canal Trece

AGO

2026

Hace poco observé una escena que seguramente muchos han vivido. Un visitante llega a un conjunto residencial, se para frente a una cámara y espera que el sistema de reconocimiento facial haga su trabajo. La cámara le pide mirar al frente, luego levantar un poco la cabeza y finalmente quitarse las gafas. Después de varios intentos, el resultado aparece en pantalla: “usuario no identificado”.

Lo curioso es que el vigilante sí sabía quién era, el residente lo estaba esperando y hasta algunos vecinos parecían reconocerlo. La única que tenía dudas era la tecnología. Situaciones como esta reflejan una realidad cada vez más frecuente en nuestros conjuntos residenciales. Buscando mayor seguridad, hemos incorporado herramientas que hace pocos años parecían sacadas de una película de ciencia ficción.

Huellas dactilares, reconocimiento facial, códigos QR y aplicaciones móviles, ahora hacen parte de la vida cotidiana de muchas comunidades. La tecnología aporta beneficios evidentes. Facilita procesos, mejora controles y puede fortalecer la seguridad. Sin embargo, también nos plantea preguntas importantes sobre la información que estamos entregando a cambio de esa comodidad.

Recientemente, la Superintendencia de Industria y Comercio recordó que los datos biométricos, como las huellas dactilares, el iris o el reconocimiento facial, son datos personales sensibles. Por esta razón, su tratamiento requiere autorización previa, expresa e informada. Además, cuando una persona no desea suministrar estos datos, debe existir una alternativa segura para acceder al conjunto residencial. Más allá del aspecto normativo, que resulta fundamental, este llamado nos invita a reflexionar sobre algo más profundo: nos hemos acostumbrado a compartir información personal con enorme facilidad. Entregamos nuestra ubicación para usar aplicaciones, nuestros hábitos para recibir recomendaciones y nuestra imagen para desbloquear dispositivos o ingresar a determinados lugares.

La pregunta es si siempre nos detenemos a pensar quién almacena esos datos, durante cuánto tiempo se conservan o qué ocurre si llegan a manos equivocadas. Desde mi experiencia liderando una organización que enfrenta permanentemente procesos de transformación digital, he aprendido que no toda decisión tecnológica debe tomarse únicamente porque existe la posibilidad de hacerlo. Existe una diferencia importante entre “puedo hacerlo” y “debo hacerlo”.

Que una tecnología permita identificar a una persona por su rostro, no significa automáticamente que sea necesario utilizarla en todos los escenarios. Que una organización pueda recopilar determinada información, tampoco significa que deba hacerlo. Los conjuntos residenciales son una pequeña representación de la sociedad.

 Allí aparecen las mismas preguntas que enfrentan las empresas, las entidades públicas y las organizaciones privadas: ¿qué información es realmente necesaria?, ¿quién la custodia?, ¿para qué se utiliza?, ¿qué alternativas existen para quienes no están de acuerdo?

La seguridad seguirá siendo una prioridad para todos. Pero la confianza también se construye respetando la privacidad de las personas y garantizando que la tecnología esté al servicio de la comunidad, y no al contrario.

Al final, el verdadero reto no consiste en que las máquinas aprendan a reconocernos mejor. El reto está en que nosotros aprendamos a decidir qué información vale la pena compartir y cuál preferimos conservar en nuestra esfera personal. ¿Usted estaría dispuesto a entregar sus datos biométricos para ingresar más rápido a su conjunto residencial o considera que la comodidad no debería implicar renunciar a parte de su privacidad?

Suscríbete


Publicidad