Dicen que la convivencia se enseña con palabras, pero en realidad se aprende con ejemplos. Hace poco, mientras observaba a un grupo de niños jugar en el parque de una copropiedad, comprendí algo esencial: los adultos discutimos por el ruido, por las cuotas de administración, por el parqueadero, mientras ellos simplemente aprenden de cómo nos miramos.
Los niños no imitan discursos; imitan conductas. Y ahí radica el punto de partida de esta reflexión: educar desde la raíz emocional y social, no solo desde la norma. La convivencia requiere una pedagogía que forme ciudadanos conscientes, no simples residentes.
Cada edificio, conjunto o centro comercial, puede convertirse en una escuela viva de valores, donde los actos cotidianos sean el material de aprendizaje . Cuando un adulto respeta el turno del ascensor, enseña. Cuando un vecino escucha sin interrumpir, enseña. Cuando una comunidad se organiza desde sus valores, educa sin decir una palabra.
La educación, más que un proceso académico, es una forma de convivencia. Requiere voluntad, empatía y coherencia. No se trata de imponer modelos sino de construir ejemplos que permanezcan. Porque lo que verdaderamente deja huella en una comunidad, no es el reglamento con sanciones ejemplares, sino la calidad humana con la que decidimos convivir. Educar es sembrar un futuro en el presente.
Y en nuestra propiedad horizontal esa siembra empieza en casa: en la mirada del adulto que guía, en la palabra que escucha y en el niño que aprende observando.
Yo soy Buena Nota…porque a convivir también se aprende.