La convivencia no es un concepto abstracto ni un simple ideal social; es una práctica diaria que define la calidad de vida dentro de cualquier comunidad. En la propiedad horizontal, convivir no es solo compartir espacios, es entender que cada decisión individual impacta directamente en lo colectivo.
El error más común es creer que la convivencia depende exclusivamente de la administración o del comité de convivencia. No. La ley establece estructuras, pero no reemplaza el comportamiento humano. Nin guna norma, por bien redactada que esté, puede sostener una comunidad si quienes la habitan no asumen su responsabilidad.
La Ley 675 de 2001 es clara: existen deberes, límites y consecuencias. Pero la ley enseña des de lo jurídico, no desde lo cotidiano. Y ahí está el vacío. Porque la verdadera convivencia no se garantiza con artículos, se construye con hábitos.
En un edificio o conjunto, esto se traduce en acciones con cretas: respetar los horarios, cui dar las zonas comunes, el manejo responsable de mascotas, entender que el ruido no es un derecho absoluto y que los espacios compartidos tienen una destinación colectiva. Son conductas básicas, pero determinantes. Cuan do fallan, no falla la norma: falla la formación.
Por eso, hablar de convivencia es hablar de educación. Y no de cualquier educación, sino de una que comienza desde la niñez. Un niño que entiende el valor de lo común, que aprende a respetar al otro y a cuidar lo que comparte, no necesita que le recuerden la norma en la adultez, ya la tiene incorporada Ahí es donde muchas copropiedades llegan tarde. Pretenden corregir con sanciones lo que nunca formaron. Y aunque el régimen sancionatorio es necesario porque hay conductas que deben ser controladas, no puede convertir se en la base de la convivencia.
Sancionar sin haber educado, es simple mente ad ministrar el conflicto, no resolverlo A esto se suma otro factor, la forma en que gestionamos las diferencias. Muchos conflictos no nacen por el incumplimiento de una norma, sino por la manera en que se comunican las inconformidades. La falta de herramientas para dialogar, es cuchar y resolver desacuerdos, convierte situaciones simples en problemas mayores.
Una comunidad que aprende a convivir no es aquella que no tiene conflictos, sino aquella que sabe manejarlos sin romperse. Y eso no lo logra un reglamento lo logran las personas.
Cuando hay formación, apare ce algo que ninguna norma pue de imponer, el sentido de pertenencia. Ese que lleva a cuidar el entorno, a respetar al vecino y a actuar con criterio, incluso cuan do no hay supervisión. Ese que transforma la convivencia en una experiencia sostenible, no en una obligación constante.
La propiedad horizontal no necesita más normas. Necesita más conciencia. Porque al final, la diferencia no está en lo que dice la ley, está en cómo se forma su cumplimiento en la vida diaria. La convivencia no se impone; se construye. Una comunidad que aprende a convivir no es aquella que no niño que entiende el valor de lo común, que aprende a respetar al otro y a cuidar lo que comparte, no necesita que le recuerden la norma en la adultez, ya la tiene conflictos, sino aquella que sabe manejarlos sin romperse.
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