La inteligencia artificial ya empezó a tocar el citófono de nuestros conjuntos residenciales. El desafío no es impedir su llegada, sino decidir cómo queremos convivir con ella.
Hay rituales que quienes vivimos o frecuentamos conjuntos residenciales conocemos de memoria. Saludar al guarda de la portería, preguntar si llegó algún paquete, escuchar el comentario sobre el partido del fin de semana o recibir ese “que tenga buen día” que, aunque parezca simple, termina siendo parte de la rutina y de la vida en comunidad. Hace poco, mientras esperaba que me autorizaran el ingreso a un edificio, el guarda me dijo sonriendo: —Don Alejandro, al paso que vamos, cualquier día me reemplaza un robot. Le respondí entre risas que esperaba que no fuera tan rápido. Él soltó una carcajada y agregó: —Bueno, si el robot trabaja de noche, no se cansa y nunca pide vacaciones, de pronto sí nos toca preocuparnos.
Nos despedimos entre bromas, pero confieso que la conversación se quedó rondando en mi cabeza durante el resto del día. Porque, aunque sonaba a chiste, cada vez tiene menos de ficción. Muchos recordamos cuando vimos Yo, Robot, protagonizada por Will Smith. En ese entonces, la idea de convivir con robots inteligentes, parecía un asunto reservado para Hollywood. Veíamos aquellas escenas con la tranquilidad de quien sabe que eso jamás ocurrirá en su realidad.
Y, sin embargo, aquí estamos. Bogotá ya ha comenzado a experimentar con robots humanoides que patrullan espacios públicos, apoyados en inteligencia artificial y que pueden operar las veinticuatro horas del día. Verlos caminar por las calles genera una mezcla curiosa de fascinación y desconcierto. Algunos los miran como una muestra de innovación; otros no pueden evitar preguntarse si estamos entrando demasiado rápido en un mundo, que hasta hace poco parecía imposible. Pero mientras hablamos de robots en las calles, otra revolución está ocurriendo mucho más cerca de nosotros: en nuestros conjuntos y edificios.
Cada vez es más común escuchar sobre modelos de vigilancia remota. Guardas de seguridad que ya no están físicamente en la portería, sino en centros de monitoreo desde donde supervisan varias copropiedades al mismo tiempo. Cámaras inteligentes que identifican movimientos inusuales, generan alertas automáticas y permiten reaccionar con rapidez ante situaciones sospechosas. Hace apenas unos años, esta conversación habría parecido exagerada. Hoy forma parte de las alternativas que administradores y consejos de administración empiezan a considerar.
Y la verdad es que la inteligencia artificial tiene argumentos a su favor. Puede vigilar de manera permanente, sin fatiga ni distracciones. Puede analizar múltiples señales al mismo tiempo y detectar patrones difíciles de identificar para una persona. Puede ayudar a prevenir incidentes, optimizar recursos y fortalecer procesos de seguridad. Incluso, puede agilizar tareas cotidianas como el control de visitantes o la gestión de accesos. En tiempos donde las copropiedades buscan ser más eficientes, sin comprometer la tranquilidad de sus residentes, estas herramientas representan oportunidades interesantes.
Pero no todo se reduce a la eficiencia. Porque quienes vivimos en propiedad horizontal, sabemos que la seguridad también tiene un componente profundamente humano. El guarda que sabe que el abuelo del quinto piso sale a caminar todos los días a la misma hora; La persona que identifica cuándo un niño entra llorando y pregunta si necesita ayuda. Quien recibe un domicilio cuando nadie ha llegado a casa. Quien reconoce un comportamiento extraño porque conoce las dinámicas del conjunto Esa capacidad de observar más allá de una pantalla, de interpretar contextos y de conectar con las personas, sigue siendo difícil de reemplazar. Por eso creo que el debate no debería plantearse como una pelea entre humanos y máquinas. No se trata de escoger un bando. La inteligencia artificial puede convertirse en una aliada extraordinaria, si complementa el trabajo humano y fortalece la seguridad. El problema aparece cuando pensamos que toda decisión puede delegarse a un algoritmo o que la tecnología, por sí sola, resolverá desafíos que también son sociales y comunitarios. Y, por supuesto, hay aspectos que no pueden perderse de vista.
A medida que se incorporan herramientas más sofisticadas, algunas basadas en reconocimiento facial o identificación biométrica, será fundamental garantizar la protección de los datos personales y la transparencia sobre el uso de esa información. La innovación solo genera confianza, cuando viene acompañada de responsabilidad. Lo cierto es que el futuro ya no está llegando: está aquí. Quizá dentro de unos años nos parezca completamente normal, que un guarda supervise varios conjuntos desde un centro de monitoreo, apoyado por inteligencia artificial.
Tal vez veamos robots recorriendo zonas comunes o apoyando tareas de vigilancia sin que nadie se sorprenda demasiado. O quizás descubramos que algunas funciones siempre necesitarán la sensibilidad, el criterio y la cercanía que solo una persona puede ofrecer. No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que esta conversación ya empezó y que no puede darse únicamente entre expertos en tecnología o empresas de seguridad. Debe incluir a quienes habitan estos espacios, porque son ellos quienes conviven todos los días, con las decisiones que se toman en nombre de la seguridad y el bienestar común.
Por eso quisiera dejarles algunas preguntas: Si mañana la administración de su conjunto les propusiera implementar un modelo de vigilancia remota, apoyado en inteligencia artificial, ¿usted votaría a favor o en contra? ¿Se sentiría igual de tranquilo sabiendo que quien supervisa la seguridad de su edificio, está a kilómetros de distancia frente a una pantalla? Y si dentro de algunos años un robot humanoide patrullara las zonas comunes o las calles de su barrio, ¿lo recibiría como una señal de progreso o sentiría que hemos cruzado una frontera que preferíamos mantener intacta?
Tal vez no existan respuestas correctas o incorrectas. Pero en tiempos donde la tecnología avanza más rápido que nuestras conversaciones, hacernos estas preguntas resulta más necesario que nunca. Porque la propiedad horizontal no está hecha únicamente de muros, reglamentos y cámaras. Está hecha de personas. Y el verdadero reto no será decidir si aceptamos o rechazamos la inteligencia artificial, sino asegurarnos de que, en medio de tanta innovación, nunca olvidemos que la tecnología debe estar al servicio de la convivencia y de la dignidad humana, y no al revés