Cuando la Gestión Comunitaria pasa factura

Por: Carlos Convers
Psicólogo U del Rosario y Magister U Javeriana 

Abril

2026

Las asambleas de copropietarios son el espacio democrático por excelencia, para la toma de decisiones. Sin embargo, para administradores, miembros del consejo e incluso para varios propietarios, estas reuniones suelen transformarse en un campo de batalla emocional.

Imagine esto; son las 7:30 de la noche, tras un extenuante día laboral, estando en el área social de su copropiedad, se encuentra con otras 30, 40 o 50 personas como mínimo, todas hablando al tiempo, discutiendo problemáticas personales que no están en el orden del día de la re unión y que probablemente, ni siquiera lo afecten a usted. ¿Le suena familiar? Muchos hemos vivido una situación similar en la asamblea de copropietarios.

Para entender esta afectación, es necesario analizar los factores estresores específicos de estos encuentros. En primer lugar, está la sobrecarga de roles. El administrador o el presidente del consejo, no solo presentan un informe financiero; en muchos casos, actúan como mediadores familiares, psicólogos improvisados o “pararrayos” de la frustración acumulada durante el año.

Hablamos de una fatiga emocional profunda, que emerge tras la ex posición a dinámicas de alta tensión, conflictos interpersonales y la sensación de haber atravesado un espacio de desgaste extremo.

Las secuelas de este estrés no desaparecen al cerrar el libro de actas. En el ámbito individual, se manifiestan con insomnio la no che posterior a la asamblea, rumia -dar vueltas al mismo problema de forma obsesiva-, irritabilidad con la familia e incluso, síntomas físicos como cefaleas tensionales o gastritis.

En el plano comunitario, las consecuencias son igualmente graves. La repetición de estas experiencias genera deserción participativa: los propietarios más reservados deciden no volver a asistir o participar para “preservar su paz”, dejando el destino de la comunidad en manos de las facciones más confrontativas. A largo plazo, esto erosiona el tejido social del edificio, generando un ambiente de hostilidad latente que persiste hasta la siguiente reunión.

Estrategias de afrontamiento

Abordar este problema re quiere un cambio de paradigma. La propiedad horizontal moderna necesita “descontaminar” sus espacios de decisión. Aquí algunas estrategias aplicables: Ampliación de espacios: Si bien no todos los miembros de la comunidad estarán dispuestos, sería ideal plantear múltiples espacios, en donde los copropietarios pue dan convivir y compartir, fuera del estresante entorno de las reuniones; esto fomenta las relaciones interpersonales y crea vínculos que ayudan a lubricar los roces que se puedan llegar a presentar.

La figura del facilitador externo: Al igual que en la mediación fa miliar, contar con un profesional ajeno a la comunidad -psicólogo, mediador o administrador con enfoque en gestión de conflictos- para dirigir la asamblea, cambia la dinámica. Este facilitador no opina sobre las cuotas, pero gestiona los turnos de palabra, va lida las emociones sin dejar que secuestren el orden del día y establece un “marco de seguridad” psicológico.

Desconexión consciente: Para quienes sufren el estrés post-asamblea -especialmente administradores y consejeros-, es vital realizar un ritual de cierre. Esto implica no revisar correos electrónicos relacionados con la reunión, durante las primeras 24 horas, realizar actividad física para metabolizar la adrenalina acumulada y, sobre todo, separar la identidad personal de la función administrativa. “Ser el administrador” no es “ser el enemigo público”.

Conclusión

La psicología aplicada a la pro piedad horizontal, nos recuerda que la convivencia no se reduce a tuberías o cuotas de administración; es, ante todo, una construcción emocional. El estrés post-asamblea, es el síntoma de una gestión que ha priorizado la urgencia de los temas, por encima del bienestar de las personas que los resuelven. Reconocer que después de una reunión ordinaria el cuerpo y la mente necesitan recuperación, no es un signo de debilidad, sino de inteligencia comunitaria. Solo entendiendo el costo psicológico para todos los implicados, podremos construir asambleas más breves, respetuosas y en definitiva, humanas.

 

 

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