Cuando la tierra tiembla, el río se desborda o el fuego consume un edificio, las cámaras de televisión buscan el impacto inmediato: el rescate en vivo, la sirena de la ambulancia, la cifra oficial de daños. Los reflectores apuntan al despliegue de las autoridades y al shock inicial de las víctimas. Sin embargo, cuando el humo se disipa, la polvareda baja y las transmisiones de noticias cambian de tema, la verdadera tragedia empieza a gestionarse en silencio. Y ahí, parado entre el caos, sin uniforme de rescate, pero con una responsabilidad descomunal, está el administrador de propiedad horizontal.
Pocos entienden que un administrador también pierde. Su apartamento también puede haberse derrumbado, su familia también vivió el pánico, sus pertenencias también sufrieron el impacto. Sin embargo, para este profesional no hay tiempo de procesar el duelo, ni de resguardarse en el shock. Mientras el ciudadano común busca refugio, el administrador debe dar la cara. Se convierte, por fuerza mayor y por vocación, en el primer respondiente operativo de una comunidad devastada.
Es el héroe invisible de la poscrisis: quien atiende a la aseguradora entre escombros, quien coordina con los ingenieros la revisión estructural, quien gestiona el restablecimiento de los servicios públicos, quien organiza los albergues temporales o los esquemas de seguridad para evitar saqueos y quien responde a los mensajes angustiados de cientos de propietarios. Trabaja jornadas extenuantes sin pausa, conteniendo la histeria y el dolor ajeno, aun cuando su propio hogar está en ruinas.
La ironía es brutal cuando las cosas marchan bien: el administrador es fiscalizado al milímetro por la cuota o el mantenimiento; pero cuando la tragedia golpea, se espera que sea un gestor de crisis infalible, un psicólogo de contención y un líder comunitario todo en uno. Pero nadie le pregunta cómo está. Nadie consulta si su familia tiene dónde dormir o si ya comió. La exigencia se multiplica, pero la empatía hacia su figura se diluye.
“Un desastre natural revela la solidez de las estructuras, pero sobre todo saca a la luz la fragilidad de quienes nos lideran en la penumbra”.
Un desastre natural revela la solidez de las estructuras, pero sobre todo saca a la luz la fragilidad de la sociedad. Es hora de que el sector y la sociedad reconozcan que detrás de cada administrador que logra ponerse en pie tras una catástrofe, hay un ser humano que también sufrió y que merece apoyo, reconocimiento y una verdadera deferencia formal. No solo por su labor, sino por elemental justicia humana.